Terminó también el festival de jazz de Vitoria. Ha sido una de las mejores ediciones. Lo mejor, para mi, Sonny Rollins, Cassandra Wilson y Rosa Passos. Bebo y Chucho Valdés también me gustaron pero no me entusiasmaron igual. Sonny sigue tocando el saxo como un coloso a los 77 años. Su sonido cálido llena cualquier escenario. La voz original de Cassandra me emociona. Aunque para emociones nada como la brasileña Rosa Passos. Ahora le toca el turno al festival de jazz de San Sebastian, pero sólo iré a escuchar a Dianne Reeves en el Kursaal.

Viendo tanto jazz en estos días me ha hecho reflexionar el ver varios grupos en los que formaban parte músicos de primer nivel que he escuchado en otras ocasiones liderando sus propias bandas. En jazz es raro encontrar formaciones estables. Lo habitual es que los músicos tengan varios proyectos. En unos son líderes e incluso dan nombre al grupo. En otros forman parte del grupo como un músico más. Esta idea del líder “difuso” me parece muy interesante para el funcionamiento de cualquier organización. El líder no es el “jefe” perenne sino una persona que hoy desarrolla ese rol pero en otro momento asume otro diferente. Sólo su buen hacer, su capacidad de emocionar le puede permitir liderar un grupo.

Claro que eso implica mucha confianza. Confianza primero en uno mismo, ya que hace falta no necesitar de la adulación continua o de saberte siempre ocupando ese puesto destacado. Confianza en los demás, en que no van a utilizar ese puesto “temporal” para fastidiar o aprovecharse de el. Confianza en que lo más importante es el equipo.

¿Qué puede cimentar esa confianza? Da para mucho esta pregunta pero voy a contentarme con aportar otra reflexión surgida al hilo de muchas melodías jazzísticas. Compartir la emoción de un proyecto conjunto, sentir cómo cada componente del grupo da lo mejor de si mismo. Ver cómo a lo largo de cada tema todos pueden tener su momento de protagonismo improvisando y aportando su particular forma de vivir, de emocionarse con el tema que están interpretando. Todo ello creo que ayuda a esa forma de encarar el liderazgo y el funcionamiento en equipo. Qué mejor motivación para un equipo que compartir emociones.

Una reflexión final ¿en cuantos equipos de nuestras organizaciones el líder es capaz de dejar tal protagonismo a sus componentes, incluso hasta el punto de asumir con naturalidad ser uno más en otro proyecto, proceso,….? ¿Cuantos de nosotros somos capaces de hacerlo? Y cuidado, ya sabéis que en excusas Premios Novel.