Tenía la asignatura pendiente de participar en alguna formación protagonizada por Arawana Hayashi y al fin llegó la oportunidad gracias a Maria Carrascal y a EMANA. Dos días explorando caminos para desarrollar autenticidad y presencia. Mucha practica con el marco teórico de la teoría o el proceso U y el Teatro de la Presencia Social.  Y una sensación por encima de cualquier otra: Arawana es la expresión de la autenticidad y la presencia personificadas. Su manera de estar, de estar físicamente, de estar presente, de conectarse desde lo que nos enraiza como humanos, de hablar desde el silencio, hacen de su curso una experiencia en sí misma difícil de compartir con palabras. Para desarrollar autenticidad y presencia… hay que estar presente.

Sin embargo, si las virtudes de la autenticidad y la presencia acabaran en el mero hecho de experimentarlas parecería que su utilidad se limitara a procesos de desarrollo personal, y no sería poco. El mensaje claramente va más allá y se relaciona con el enfoque que caracteriza a Arawana, el teatro de la presencia social. La autenticidad y la presencia son caminos para potenciar y desarrollar el “campo social”, el espacio de relación entre las personas. Desde ahí, cultivar ambas contribuye a generar espacios colectivos de conexión, de confianza que permiten escuchar, escucharse, escucharnos de otra manera; dejar que aflore lo emergente para abrir caminos de creatividad e innovación; disminuir el ruido mental que ocupa toda nuestra atención para poder ponerla en otros lugares; mirar a lo que nos rodea como un sistema del que formamos parte; tomar consciencia de las fracturas que tenemos en lo ecológico, lo social y lo espiritual,  …

No es fácil ponerle palabras y creo que aún lo es menos incorporarlo en la vida de nuestras empresas y organización “¡¡¡¡si no tenemos tiempo!!!!!, cómo vamos a pararnos y dar tiempo para conectarnos de otra manera con nosotros mismo y con los demás”. Y ante reflexiones así siempre me viene a la cabeza la historia de aquel hombre que estaba cortando las ramas de un árbol que daba sombra a una zona de su casa en la que quería disfrutar del sol. Para cortarlas utilizaba una sierra mecánica pero no la llevaba arrancada, con el gran esfuerzo que eso supone en un aparato que está diseñado para utilizar la fricción y no el filo. Al verle, un vecino que pasaba por allí le pregunto ¿pero qué haces? Ya lo ves, cortando las ramas que dan sombra a la casa, contesto. Ante lo que el vecino insistió, pero cómo lo haces con la sierra sin arrancar. Es que no tengo gasolina, le aclaró. A lo que su vecino exclamó “pues vete a comprar que cortarás mucho mejor y más rápido”. Sí, le dijo nuestro protagonista, con todo lo que tengo para cortar voy a parar y a ir a por gasolina.

Preferimos, elegimos, seguir con nuestras rutinas, que sabemos a dónde nos llevan y las limitaciones que tienen, antes que dedicar un tiempo precisamente a generar entornos capaces de transformar nuestra realidad, nuestras relaciones, nuestra sociedad,… El tiempo siempre es el mismo y seguirá siendo el mismo, 24 horas 365 días al año. Lo que tenemos que cambiar es el foco de nuestra atención, a qué dedicamos ese tiempo. Y parece que siguiéramos esperando a que llegue alguien que traiga la solución a los problemas, cuando ese esperar, esa falta de adopción de acciones para afrontar esos problemas quizás sea una de los principales elementos en perpetuarlos y permitir su crecimiento. Acciones que solo en una parte afectan al comportamiento individual y que de manera significativa incumben al comportamiento colectivo.

La autenticidad y la presencia también tienen un impacto muy significativo en nuestras conversaciones y podemos mejorarles de manera muy significativa incorporando algunas claves de lo visto en estos días. Pero eso lo dejo para otra entrada.